
María Jesús Puerta, ganadora del NASA Lunar Recycle Challenge: “La IA podrá ayudarnos a llegar más lejos, pero tendremos que seguir siendo nosotros quienes decidamos hacia dónde queremos ir”
Hay personas a las que conoces durante unos minutos y, aun así, dejan una huella difícil de olvidar. Eso mismo nos ocurrió con María Jesús Puerta el pasado mes de febrero, cuando tuvimos la oportunidad de coincidir con ella en la gala de entrega de los Premios Fundación Real Academia de Ciencias de España al [...]
Autor:
Mujeres de Ciencia
Categorías:
Ciencia , Entrevistas , STEM
Fecha de publicación:
julio 30, 2026
Compártelo:
Hay personas a las que conoces durante unos minutos y, aun así, dejan una huella difícil de olvidar. Eso mismo nos ocurrió con María Jesús Puerta el pasado mes de febrero, cuando tuvimos la oportunidad de coincidir con ella en la gala de entrega de los Premios Fundación Real Academia de Ciencias de España al Joven Talento Científico Femenino. Desde entonces hemos seguido muy de cerca su trayectoria, así como admirando su capacidad para convertir la curiosidad, el conocimiento y la perseverancia en proyectos capaces de competir al más alto nivel.
Por eso, para el equipo de Mujeres de Ciencia ha sido un auténtico placer sentarnos a conversar con una ingeniera que ha demostrado que los grandes avances nacen de la combinación de ciencia, creatividad y una enorme capacidad para no rendirse.
Hablamos con María Jesús Puerta, ingeniera de Minas, creadora del proyecto Esperanza y ganadora del NASA Lunar Recycle Challenge, sobre innovación, resiliencia, inteligencia artificial, economía circular y el futuro de la exploración espacial.
Has contado que el verdadero éxito llegó cuando la NASA aceptó evaluar tu propuesta. ¿Qué cambió en tu forma de entender tu propio trabajo ese día?
Cambió, sobre todo, la forma en la que yo misma miraba mi trabajo. Hasta ese momento, Esperanza era una idea en la que creía profundamente, pero que había desarrollado sola, desde mi casa, con mi portátil y sin una gran institución detrás. Cuando la NASA aceptó evaluarla, sentí que había cruzado una primera frontera: ya no era únicamente una intuición personal, sino una propuesta con suficiente fundamento científico y tecnológico como para competir al más alto nivel.
Ese día comprendí que no necesitaba pedir permiso para ocupar determinados espacios. Que una investigación nacida lejos de los grandes laboratorios también podía sentarse a la mesa con las mejores propuestas del mundo.
A partir de ahí dejé de preguntarme si mi trabajo sería suficientemente bueno y empecé a preguntarme hasta dónde podía llevarlo. Me volví más ambiciosa, pero también más rigurosa y responsable, porque entendí que aquella idea podía tener una utilidad real.
Ganar llegó después, pero para mí el primer gran éxito fue que decidieran leerme, escucharme y evaluarme. Fue el momento en el que Esperanza dejó de ser solamente un sueño para convertirse en una posibilidad real.
Sueles definirte como una “ingeniera friki y multidisciplinar”. En un momento en el que tendemos a la hiperespecialización, ¿crees que las grandes innovaciones surgen precisamente de conectar disciplinas que, sobre el papel, parecen no tener relación?
Sí, absolutamente. De hecho, creo que muchas de las grandes innovaciones no nacen dentro de una sola disciplina, sino precisamente en los espacios que quedan entre varias.
Yo me defino como una ingeniera friki y multidisciplinar porque nunca he entendido el conocimiento como compartimentos estancos. La minería, la energía, el medioambiente, la inteligencia artificial, la arquitectura o la economía circular pueden parecer mundos diferentes, pero cuando intentas resolver un problema real descubres que todos están conectados.
En el proyecto Esperanza, por ejemplo, no bastaba con saber cómo separar o transformar un residuo. Había que entender las condiciones extremas de la Luna, la disponibilidad de energía, el comportamiento de los materiales, la logística de una misión espacial y la forma de modelar todo ese sistema mediante inteligencia artificial. La solución apareció al unir esas miradas.
La hiperespecialización es imprescindible para profundizar, pero también necesitamos personas capaces de levantar la cabeza, observar el problema completo y crear puentes entre especialistas. Yo no pretendo saber más que cada experto en su campo; mi aportación consiste muchas veces en descubrir que dos conocimientos que todavía no se están hablando deberían empezar a hacerlo.
La curiosidad ha sido siempre mi principal herramienta. No estudio disciplinas nuevas para acumular títulos, sino porque cada una me proporciona un lenguaje distinto para hacer preguntas y encontrar soluciones.
Tu proyecto demuestra que reciclar residuos en la Luna no es solo un problema tecnológico, sino también económico, energético y ambiental. ¿Crees que la exploración espacial nos está obligando a aprender lecciones sobre sostenibilidad que todavía no hemos sido capaces de aplicar en la Tierra?
Sí. La Luna nos coloca ante una realidad que en la Tierra todavía nos resistimos a aceptar: los recursos son limitados y cada residuo que generamos representa, en realidad, una materia prima que hemos dejado de aprovechar.
En una misión lunar no podemos permitirnos el modelo de usar y tirar. Llevar un kilogramo de material al espacio tiene un enorme coste económico, energético y logístico. Por eso, allí cada gramo cuenta, cada vatio de energía debe optimizarse y cada material tiene que pensarse no solo para cumplir una función inicial, sino también para poder reutilizarse, transformarse o convertirse en un nuevo recurso.
Eso es precisamente lo que plantea Esperanza: no mirar los residuos como el final de un proceso, sino como el comienzo del siguiente. Un embalaje, un tejido, una espuma o un polímero pueden dejar de ser un problema y convertirse en materia prima para fabricar nuevos componentes, obtener energía o apoyar la vida y el trabajo de una futura base lunar.
La paradoja es que muchas de esas ideas no son exclusivas del espacio. También podríamos aplicarlas en nuestras ciudades, industrias y hogares. La diferencia es que, en la Luna, no existe margen para esconder la ineficiencia: no hay vertederos lejanos, recursos aparentemente infinitos ni posibilidad de ignorar las consecuencias.
Creo que la exploración espacial puede convertirse en un gran laboratorio de sostenibilidad para la Tierra. Nos obliga a diseñar mejor, a consumir con inteligencia, a anticiparnos y a entender que la economía circular no es únicamente una cuestión ambiental, sino también de supervivencia, autonomía y resiliencia.
Al final, quizá aprender a vivir en la Luna nos enseñe algo todavía más importante: cómo cuidar mejor el único planeta en el que ya sabemos que podemos vivir.
Has desarrollado proyectos en código abierto y has compartido conocimiento incluso cuando este podía convertirse en una ventaja competitiva. En un mundo donde la innovación suele protegerse, ¿por qué sigues creyendo que compartir también puede ser una forma de avanzar?
Porque el conocimiento que no circula acaba perdiendo parte de su capacidad de transformar.
Entiendo que hay proyectos, desarrollos y resultados que necesitan protección. La propiedad intelectual es importante, especialmente cuando detrás hay años de trabajo, inversión y esfuerzo. Pero también creo que proteger no puede significar cerrar todas las puertas. Hay una diferencia entre preservar el valor de una idea y impedir que esa idea pueda inspirar, crecer o ayudar a otros.
Compartir parte de mi trabajo en código abierto me ha permitido aprender de personas a las que probablemente nunca habría conocido. Cuando muestras lo que estás haciendo, alguien puede detectar un error, proponer una mejora o conectar tu solución con una necesidad que tú no habías imaginado. La innovación deja entonces de ser un proceso individual y se convierte en una construcción colectiva.
Además, muchos de los avances que hoy utilizamos existen porque otras personas compartieron antes sus conocimientos, sus investigaciones y sus herramientas. Yo he podido desarrollar proyectos gracias a esa inteligencia colectiva y siento también la responsabilidad de devolver una parte.
No creo que el verdadero valor esté únicamente en esconder una idea. También está en saber desarrollarla, adaptarla, hacerla útil y mantenerla viva. Una idea compartida puede ser replicada, pero la visión, la experiencia y la capacidad de seguir evolucionándola son mucho más difíciles de copiar.
Por eso intento encontrar un equilibrio: proteger aquello que debe protegerse y compartir aquello que puede acelerar soluciones, abrir oportunidades o ayudar a que otras personas se atrevan a crear.
La historia que más titulares ha generado ha sido la del millón de dólares que no podrás recibir. Sin embargo, da la impresión de que tú has decidido no convertir esa circunstancia en el centro del relato. ¿Te preocupa que, a veces, la sociedad preste más atención a la anécdota que al proyecto que hay detrás?
Me da mucha rabia, que el titular sea …”la nasa roba a una ingenieria catalana”. Esa no es la hisotria.
Ademas las normas lo ponían detalladamente. Yo no las mire porque no pensaba ganar y no era mi propósito. Detrás de ese titular hay mucho más que una cifra. Hay años de formación, meses de investigación, cientos de decisiones técnicas y una propuesta que aborda uno de los grandes desafíos de la exploración espacial: cómo transformar los residuos en recursos útiles para hacer posibles misiones lunares más autónomas y sostenibles.
Entiendo que la historia del millón de dólares llama la atención. Es una paradoja muy potente y también pone de manifiesto que todavía existen barreras administrativas y territoriales capaces de limitar el reconocimiento económico de una innovación, aunque su valor científico haya sido reconocido. Por eso no quiero ocultarla, porque también forma parte de lo ocurrido y puede servir para abrir un debate necesario.
Pero no quiero que esa circunstancia convierta mi historia en un relato de frustración o de victimismo. Yo no participé únicamente para conseguir un premio económico. Participé porque tenía una idea, porque creía que podía funcionar y porque quería demostrar que era posible desarrollar una propuesta competitiva desde España, desde casa y sin disponer de la estructura de una gran organización.
Lo verdaderamente importante es que Esperanza fue evaluada y reconocida por la NASA entre propuestas internacionales de altísimo nivel. Ese resultado valida una metodología, una visión y una forma de aplicar la inteligencia artificial y la economía circular a la exploración espacial.
El dinero habría sido importante, por supuesto. Habría permitido acelerar el desarrollo, construir prototipos, incorporar un equipo y avanzar hacia una aplicación real. No voy a fingir que no importa. Pero el mayor valor del proyecto no está en el premio que no recibí, sino en todo lo que puede llegar a generar a partir de ahora.
Por eso, cuando alguien me pregunta por el millón de dólares, intento llevar la conversación de nuevo hacia la ciencia. La noticia puede abrir la puerta, pero quiero que las personas se queden por el proyecto, por la innovación y por el mensaje de que el talento puede surgir desde cualquier lugar.
Muchas personas hablan de la inteligencia artificial como una tecnología que sustituirá el talento humano. Tu trabajo parece demostrar justo lo contrario: que amplifica la creatividad de quien sabe formular las preguntas adecuadas. ¿Cómo imaginas la relación entre los científicos y la IA dentro de diez años?
Dentro de diez años, creo que la inteligencia artificial será para los científicos algo parecido a lo que hoy representa un gran laboratorio: una extensión de sus capacidades. Nos ayudará a revisar cantidades inmensas de información, detectar patrones que podrían pasar inadvertidos, simular escenarios, formular hipótesis y acelerar procesos que actualmente requieren meses o incluso años.
Pero no imagino una ciencia sin científicos. La inteligencia artificial puede encontrar correlaciones, proponer caminos y multiplicar nuestra capacidad de análisis, pero no posee por sí sola curiosidad, propósito ni responsabilidad. No decide qué problemas merece la pena resolver, qué consecuencias estamos dispuestos a asumir o para quién debe servir un descubrimiento. Esa parte seguirá siendo profundamente humana.
En mi caso, la IA no sustituyó mis conocimientos de ingeniería ni creó Esperanza por sí sola. Me permitió conectar información, comprobar alternativas, construir modelos y avanzar mucho más rápido de lo que habría podido hacerlo con mis propios medios. Fue una herramienta de amplificación, pero las preguntas, el criterio y la visión del proyecto nacieron de la experiencia humana.
Creo que el científico del futuro no será necesariamente quien memorice más datos, sino quien sepa plantear las mejores preguntas, dialogar con diferentes sistemas, contrastar sus respuestas y reconocer cuándo una conclusión aparentemente brillante puede ser errónea. Tendremos que aprender a trabajar con la IA sin delegarle nuestro pensamiento crítico.
También cambiará la forma de investigar. Equipos pequeños, investigadores independientes o personas alejadas de los grandes centros podrán acceder a capacidades que antes estaban reservadas a instituciones con enormes recursos. Eso puede democratizar la ciencia y permitir que surjan ideas extraordinarias desde lugares inesperados. Yo misma soy un ejemplo de que un proyecto desarrollado desde casa puede llegar a competir internacionalmente cuando el conocimiento, la tecnología y la perseverancia se encuentran.
La relación ideal no será de sustitución, sino de colaboración: la velocidad de la máquina junto a la intuición, la creatividad, la ética y la sensibilidad del ser humano. La IA podrá ayudarnos a llegar más lejos, pero tendremos que seguir siendo nosotros quienes decidamos hacia dónde queremos ir.
A los 56 años has conseguido que un proyecto desarrollado desde tu casa compita entre las mejores propuestas del NASA Lunar Recycle Challenge. ¿Qué le dirías a todas esas mujeres que creen que ya es tarde para reinventarse, para estudiar una nueva disciplina o para perseguir un gran reto científico?
Les diría que no están empezando de cero: están empezando desde todo lo que han vivido.
Durante mucho tiempo hemos asociado la innovación, la tecnología o los grandes retos científicos con la juventud. Parece que, si no has alcanzado determinados objetivos antes de cierta edad, ya has perdido tu oportunidad.
Pero la experiencia también es una forma de inteligencia. Con los años acumulamos conocimientos, aprendemos a relacionar ideas, comprendemos mejor los problemas y, sobre todo, descubrimos qué merece realmente nuestro esfuerzo.
Yo no llegué al proyecto Esperanza a pesar de tener 56 años, sino también gracias a ellos.
Llegué con décadas de ingeniería, medioambiente, energía, arquitectura, economía circular y con la curiosidad suficiente para volver a estudiar inteligencia artificial. Todo lo aprendido, incluso aquello que en su momento parecía no estar relacionado, acabó formando parte de la solución.
Desarrollé el proyecto desde mi casa, sin una gran institución detrás y sin saber si alguien llegaría siquiera a leerlo. Hubo momentos de duda, como los hay en cualquier reto importante. Pero aprendí que no debemos esperar a sentirnos completamente preparadas, porque probablemente ese momento nunca llega. Hay que empezar con lo que tenemos, aprender lo que nos falta y avanzar paso a paso.
También les diría que reinventarse no significa negar la vida anterior ni borrar lo que hemos sido. Significa utilizar todo ese recorrido para construir algo nuevo. Cada experiencia, cada error, cada dificultad y cada conocimiento adquirido puede convertirse en una ventaja que una persona más joven todavía no ha tenido tiempo de desarrollar.
Muchas mujeres han dedicado años a cuidar, trabajar, sostener familias o cumplir con lo que se esperaba de ellas, y un día sienten que su oportunidad ya pasó. Yo creo justamente lo contrario: quizá ese sea el momento en el que, por fin, pueden preguntarse qué quieren hacer. No todas tenemos que ganar un desafío de la NASA, pero todas podemos atrevernos a presentar una idea, aprender una disciplina, iniciar un proyecto o recuperar un sueño que habíamos aparcado. La edad no elimina el talento ni la curiosidad. A veces nos proporciona el criterio, la resistencia y la libertad necesarias para utilizarlos de verdad.
